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FASCISMO SIN REDENCIÓN

Jorge Fernández Díaz
17. 07. 21
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El liderazgo político no es sinónimo de carrera por la conquista y uso "personalmente colectivo" del poder, cuando las dos cosas se confunden vemos la llegada de grupos sin otro proyecto que convertir a las instituciones en botín de guerra. Donde, para defender las "naves apresadas", se articulan, entre otros, los dos principios vistos por Nietzsche en la Voluntad de Poder: conquista y conservación.

Vladimir Carrillo Rozo
Profesor en el Máster en Liderazgo Político del
IL3 - Universidad de Barcelona

Y recuérdese que quien caracteriza la Voluntad de Poder es (Superhombre) aquel que sabe gozar de todos los demás, gusta de vivir sobre la norma y, por encima de todo, odia al hombre-mujer corriente… moldeado en su consumo, dirigido en sus hambres culturales y empequeñecido en sus necesidades vitales.

En una publicación anterior usaba la profundidad reflexiva del escritor colombiano Álvaro Mutis para referirme a ese extraño vínculo entre expresiones culturales y realidad política; «afirmaba que el arte como vacuidad, angustia y pesimismo, reduce la triada Libertad-Igualdad-Fraternidad a una superstición más de nuestro tiempo. Un ejemplo es la terrorífica 1984 de Orwell (1949), que se había encargado de novelar un temor en la psiquis social que se podía instrumentalizar en forma de miedo político. La ficción encerrada en el Ministerio de la Verdad, la Neolengua, la Policía del Pensamiento, la Habitación 101 y el Gran Hermano, puede reinterpretarse como literatura costumbrista en estos años del fin de la intimidad y la defensa a ultranza de la seguridad nacional» (1).   

En relación con esto, muchos nos preguntamos por qué algunos hechos de la dinámica política (entendiendo por ésta también a todo el conjunto de relaciones sociales que reproducen las cadenas de poder) no tienen la trascendencia que se merecen. Porque, a la vez, pensamos que determinados capítulos de la vida pública deberían representar un antes y después del ecosistema político. Pero no, en su lugar vemos un rosario de miradas y risillas nerviosas al comprobar que, en efecto, ahora hablamos de género costumbrista cuando referenciamos ya clásicas novelas y películas sobre un futuro distópico donde un tecnológico régimen totalitario se ha instalado para, nuevamente, intentar detener la Historia.

Vemos, cómo no, un ejemplo claro en las conclusiones que aprobó el Congreso el pasado 20 de julio (con voto en contra del Partido Popular y abstención de Ciudadanos): donde se establecía que Jorge Fernández Díaz (hijo de militar franquista, en la vida política desde 1978, hombre de profundas creencias religiosas, con variedad de condecoraciones y caballero de distintas órdenes en varios países) organizó una “policía política” durante el desempeño de su cargo como Ministro del Interior.    

La comisión de investigación encargada, tal vez, se queda corta al afirmar que la maquinaria del Partido Popular utilizó a la Policía con fines “partidistas”, cuando ha quedado demostrado que usaron sus recursos para emprender una persecución contra adversarios ideológicos y entorpecer investigaciones sobre la corrupción que caracteriza a una organización como el PP.

Hay otro síntoma de estos tiempos donde la novela de terror político se convierte en crónica cotidiana: cuando los reportajes o investigaciones periodísticas sobre lo que ocurre se citan en respetados medios de comunicación con titulares como “El documental sobre las cloacas que no quieren que veas”, fue el caso del diario “Público” para referirse al documental Las cloacas de Interior de Jaume Roures y Jordi Évole (el fenómeno de la mafia policial en el Ministerio del Interior actuando contra el antagonista político, que incluye a quien denuncia la corrupción).

Como si fuera poco, los grupos políticos que se ponen de acuerdo para emitir esta, algo escasa, declaración posteriormente no llegan al consenso a la hora de hacer lo que corresponde y dicta el sentido común: imponer y presentar acciones legales contra los responsables de que en un país de la Unión Europea altos cargos públicos estén implicados en montajes judiciales contra la oposición. ¿Confiar en la autonomía de la Fiscalía es excusa para no tomar partido y dejar de presentar una acusación formal ante las autoridades competentes? Si el mismo documento confirma que estamos ante casos de persecución política que constituyen un “abuso de poder que quebranta reglas esenciales de la democracia y el Estado de derecho”, ¿por qué no hubo total unanimidad en torno a la exigencia sobre una acción penal? ¿Realmente son válidas las razones dadas, por ejemplo, por PSOE y Ciudadanos para no ir más lejos?

En todo este panorama, por supuesto, no es posible dejar la casi decimonónica sospecha (aunque moderna) del elemento distractor, la bomba noticiosa que aparta la atención del escándalo de moda (un recurso usado en muchas de esas historias de ciencia ficción): si las pruebas de corrupción contra el partido en el poder son del tamaño de un edificio de diez pisos, la respuesta patriotera del Gobierno y sus aliados frente al desafío independentista de la Generalitat tiene que ser del tamaño de un campo de golf.

Y lo sabemos, lo increíble es que en el fondo nada nos alcanza a sorprender. Y no tan al fondo, arribamos pronto a una especie de expiación vía titular de periódico (digital evidentemente). Tras lo cual no llega la redención.

Alguien con las ínfulas suficientes, el Superhombre colectivo de principios del XXI y pos 11-S (en su vulgaridad breve y social propia de esta época), como en el pasado no teme usar los recursos a su alcance para perpetuar lo que le hace ser quien es (incluso si tiene que organizar un pequeña policía secreta desde su despacho ministerial, lógicamente a la sombra de la presidencia). Sólo que ahora todo se resuelve (disuelve) técnicamente, en nuestro juego político no siempre hay grandes conflictos dialécticos entre narrativas distintas del mundo.

En el fascismo sin redención el escándalo del que confundió el liderazgo político con el uso duro y personalmente colectivo del poder, efectivamente, llega a desatarse. Todo o casi todo llega a conocerse. Pero unas austeras conclusiones difícilmente negociadas con políticos poco amigos del debate (que confunden con escándalo y ruido) no llegarán a instalarse de forma duradera en la memoria. El "pecado", el nuestro, por lacónico y técnico puede que arribe a la expiación mediante la exposición pública del secreto, pero no necesariamente a la redención mediante el propio empoderamiento (¿quién ha dicho que el liderazgo político no está en el sujeto-votante de la calle?). El tiempo y las urnas lo dirán.      

 

Notas:

1- Un artículo del diario español El País de agosto del 2013 (El peor sitio del mundo, de Javier Rodríguez), llamaba la atención sobre el repentino crecimiento en las ventas de la novela 1984, parece ser que relacionadas con las revelaciones por el 'caso Snowden'.   

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