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Donald Trump (y su United Army of Twitter)

Donald Trump (y su United Army of Twitter)
17. 07. 07
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Asistimos, como en el cine, a una tormenta de exabruptos breves desde los perfiles en redes sociales de grandes líderes políticos.  ¿No es ya urgente la formación (educación incluso) en el uso de las herramientas digitales como parte de la comunicación política?

Por Vladimir Carrillo Rozo

Donald Trump llega a Europa para acudir al G20 e intentar reafirmar quién es (otra vez). En realidad, sus palabras textuales fueron “viajamos para reafirmar quiénes somos”, pero de ningún modo se refiere al “pueblo” estadounidense (de nuevo esa viciada ficción simbólica), aunque lo pretenda.

Habla, más claramente, a ese perfil de votante al que impacta e impresiona un estilo político frentero, vulgar e inculto. Que, además, se siente inclinado a la solución violenta y finalista de cualquier conflicto, heredado o no.  Alguien que se ejerce mediante el desprecio y ataque al diferente. Un votante irreflexivo, bajo relaciones de inmediatez con la realidad y atrapado por la brevedad superficial de un lenguaje mutado en el cosmos de las redes sociales.

Pues bien, a esos individuos intenta representar Trump. Cuando el presidente de los EE.UU. vierte su folclórica jerga y gesticula sin detenerse a pensar en lo que opinarán los demás líderes políticos del mundo, se dirige a su ejército de seguidores en Twitter.

Es ya conocido que una proporción muy grande de las dinámicas propias del liderazgo político se desarrollan hoy en esa gritería generalizada de la red. Donde se encuentran y replican fácil, tanto las posturas de las izquierdas como los aspavientos atemorizantes de la extrema derecha nacionalista a la que pertenece el empresario neoyorquino.  

Y es que líderes como Trump combinan factores algo confusos: pretende defender unos supuestos intereses estratégicos (maliciosamente resumidos en definiciones como “prosperidad americana”, “liderazgo americano”, etc.) mediante un juego entre relato político-ideológico frívolo y casi profano para un presidente con un bombardeo cuasi letal de mensajes breves en las redes. Y ese engranaje ayuda a edificar el discurso fuerte (oficial) ante cuestiones en extremo delicadas como las relaciones con México, la andadura solitaria frente a las tensiones con Corea del Norte o su homicida posición ante el Acuerdo de París.

El “América primero” de su Administración, ese evangelio pulverizador de las esperanzas propias del ciudadano-mundo, representa la potencia de una maquinaria electoral y empresarial profundamente adentrada en las instituciones, capaz de neosacralizar (posmodernamente) cualquier símbolo. A lo entendido como el “oficio” de la alta política le viene maravillosamente lógica la llegada del superhombre melodramático que aplicará su experiencia como líder corporativo a la gestión dura de la vida pública y las relaciones exteriores del país. Y que tan sólo da explicaciones a su votante directo, por supuesto, a través de sus cuentas en las redes sociales. Unas explicaciones totalmente irreales, pero que le permiten dos objetivos tácticos para un líder con ínfulas autoritarias: en primer lugar aparentar una comunicación sin intermediarios (esto es sin interpretaciones posibles) con el hombre y mujer corrientes y en segundo lugar despreciar a los medios críticos.                      

Sin embargo, no hablamos de rasgos nuevos en el discurso político de la derecha. Más bien constatamos algo ya advertido por diversos pensadores durante las últimas décadas: los actuales relatos políticos se han hecho peligrosamente simples debido, en parte, a que el discurso se inunda continuamente de neologismos, emoticons y soluciones lingüísticas varias con papel reductor. Recordemos que un individuo social en verdad es la crónica de éste y de éste en la realidad (yo soy mi relato).

Y el relato, el discurso político de hombres y mujeres como Trump, podría simbolizarse en la (posible) “ráfaga de sonidos e información intrascendente” contenida en un Tweet con unas cuantas decenas de caracteres. Cortos mensajes entre los pajaritos azules de la red social nos informan o, al menos, intentan dar pistas de lo que ocurre en las cabezas de equipos de trabajo presidenciales con enorme poder sobre la vida de todos nosotros.

Sí, el aforismo (máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte, RAE) ya no es lo que era. Naturalmente, hoy la brevedad (incluyendo la existente en las redes sociales) no necesariamente está divorciada de la profundidad. Pero a muchos nos encantaría que tampoco lo estuviera de la reflexión antes de lanzarse a publicar, recurriendo a la brusquedad grosera del que no termina de enterarse de la real marcha del mundo.

Y está visto que el auto-pretendido superhombre, esa “bestia rubia” que promete poner a América antes que a nada, no se entera de muchas cosas; pero sabe bien que sus electores prefieren al que “dice lo que otros callan” (que no significa otra cosa que decir sin muro de contención todo aquello que se le cruza por la cabeza) frente a quien prefiere un lenguaje políticamente correcto (ya no digamos culto o académico, que sería directamente despreciado por éstos).

Y sí, la inmediatez que prestan las redes puede ser aprovechada por aquellos (grave en el caso de líderes políticos) que asocian alguna supuesta superioridad moral o ideológica con la física falta de educación.

En nuestros días, no podía ser de otra forma, los liderazgos políticos y sus dinámicas pasan por cierto aprendizaje, que se antoja necesario, acerca del uso de las herramientas digitales. Lo que en el discurso había de tangible ha cambiado. No porque la masa o el sujeto colectivo que escucha tenga mayores niveles de libertad interpretativa. Al contrario, porque la comunicación política digital ha masificado todo aún más, incluyendo lo ofensivo e incorrecto. Y lo ha hecho, ni más ni menos, que reduciendo y banalizando el mensaje.

La responsabilidad no está en la herramienta misma (Twetter, Facebook y otras). Es un problema de formación, por ejemplo, en liderazgo político, tanto de los dirigentes y los responsables de la comunicación política como del ciudadano que escucha, comparte y contesta desde sus propios perfiles.                     

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