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Modelos de Liderazgo Político mórbidos y gobernanza actual

17. 07. 29
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Sócrates señalaba que la polis de Atenas era como un caballo hermoso y bueno, pero que se encontraba adormecido por la superficialidad, la indolencia y la contaminación de los discursos: los políticos, los sofistas y los poetas. Ello conducía a una falta de reflexión serena que permitiese un análisis equilibrado y justo.

Dr. Andrés Cascio
Psicólogo Social
Director del Máster en Liderazgo Político
de la Universidad de Barcelona

Hoy los grandes comunicadores sociales (portadores de mensajes trufados de algún contenido racional, en ocasiones de conocimientos e indicadores que nos señalan los caminos idóneos para transitar en una sociedad justa, libre e igualitaria) nos trasladan diatribas contaminadas ex profeso con intereses malsanos. Éstas recogen tendencias condicionantes que conforman inercias actitudinales y pensamientos prefabricados, según estrategias diseñadas para satisfacer el rédito o el provecho de ciertos líderes.

Dentro de ese conjunto de líderes y sus sectores existen quienes tienen la pretensión de hechizar o sugestionar a la ciudadanía con ideas que supuestamente atienden a sus beneficios, pero que guardan la pretensión de alcanzar la gloria y engordar su propia bolsa.

Bajo la apariencia, al igual que Sócrates, no creen del todo en la democracia. Pero, al contrario del filósofo griego que pretendía ser como un tábano sobre el caballo para mantenerlo despierto, estos turbios profetas tienen la pretensión de adormilar a las masas, de crear ideas superficiales, monocordes y distorsionadoras de la verdad. Introducen ideas tóxicas que, al igual que los opiáceos, mantienen a los individuos como seres inertes y obedientes, como creyentes en un mensaje divino.

Este tipo de liderazgo con frecuencia es enarbolado por sujetos que tienen como característica a una personalidad marcada por algún trastorno psicológico. Así, encontramos personas con algunos importantes componentes fóbicos, narcisistas, histriónicos, etc.

Muchos adolecen de una sobrevaloración de sí mismos y otros esconden algún sentimiento de inferioridad respecto a determinado sector de la sociedad, posicionado intelectualmente o coronado por el éxito.

No cabe duda de que estos líderes padecen de un componente mórbido significativo que transmiten al entorno durante su desempeño; creando una atmósfera social deformada donde se implanta su componente distorsionador (o tóxico). En cualquier caso, inoculan el germen mórbido dando lugar a una desestabilización de la salud social.

Entre estos personajes encontramos líderes como Trump, Berlusconi, Maduro, Fujimori, Andrzej Duda, entre otros.

El “liderazgo mórbido” comienza a ser uno de los más comunes en la política millennials post crisis sistémica. Luego del hundimiento de las economías colectivas de los países comunistas no han dejado de aparecer estos supuestos salvadores del mundo.

Ahora bien, frente a una amenaza como la que representan los liderazgos de este tipo, cabría preguntarse el nivel de riesgo al que se enfrentan las ciudadanías sometidas a un estilo de gobernanza conducida por dirigentes caracterizados por una conducta inestable, marcada por una personalidad diferenciada psicopatológicamente de una psiquis equilibrada y normal.

La Historia recoge una amplia bibliografía de líderes mesiánicos, psíquicamente enfermos o caracterizados por distintas ideaciones, que han desembocado en situaciones dramáticas y en sociedades arrastradas al declive, a la miseria e incluso a la desaparición.

En el momento actual la gobernanza mundial se encuentra en manos de dirigentes como Donald Trump, Vladimir V. Putin, Benjamín Netanyahu, Bashar al-Ásad, etc.

De los trastornos de personalidad observados en líderes uno de los más comunes es el trastorno narcisista de personalidad, asociado a conductas erráticas, desorden emocional, dramatismo y una fuerte megalomanía. Entre éstos podríamos citar, precisamente, a Donald Trump, donde la afección se observa asociada a otras características psicopatológicas como la mitomanía y una irritabilidad vinculada a un trastorno obsesivo.

Pero, sin embargo, un líder tóxico no necesariamente tiene que obedecer a un trastorno clasificado específicamente dentro de los criterios de diagnóstico psiquiátrico; sino que suelen distinguirse por rasgos tales como la soberbia, la falta de inteligencia emocional, cierta tendencia al autoritarismo y una destacada dificultad para comunicarse (enredándose en su propio discurso). Además, no presentan una escucha activa y no tienen capacidad para comprender a otros desde la discrepancia, lo que les define como intolerantes. Algunos de los factores esenciales de esta tipología es la pasividad (dejan pasar el tiempo y demoran las decisiones) y la falta de conciencia sobre las personas que aceptan su liderazgo. Desarrollan un juego nocivo por su escasa asertividad.

Sin duda, un ejemplo de este modelo es el que exhibe Mariano Rajoy: suele trasmitir inseguridad y una escasa empatía con los ciudadanos/as receptores de su acción política.

Rajoy: Liderazgo político sin empatía
Lógicamente, este tipo de liderazgo tiende a rodearse de un grupo de acólitos aduladores y dependientes de su autoridad, que actúan subordinados al poder y que probablemente (bien por intereses o por un trasfondo honesto) se identifican con el mandamiento ideológico: casi siempre asociado a una rigidez dogmática y conservadora, que no admite cambio alguno y vincula su inflexibilidad a una mentalidad privada de un razonamiento libre.

Por consiguiente, es fácilmente observable en los distintos escenarios actuales la prevalencia de algún modelo de liderazgo político mórbido o, tal vez, tóxico; que en buena medida se encuentra asociado a políticas conservadoras como a experimentos populistas de distintas tendencias, sin descartar aquellos regímenes que enarbolan el nacionalismo como característica predominante de la gobernanza.

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