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EL “PROCES”: UN ENCUMBRADO PLAN DE COMUNICACIÓN O CÓMO GENERAR UN ARTIFICIO DE ILUSIÓN COLECTIVA

18. 02. 27
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Andrés Cascio
Director del Máster en Liderazgo y Comunicación Política de la
Universidad de Barcelona- Instituto de Formación Continua – IL3

Todo el mundo es consciente de la utilidad de la publicidad para persuadir, inducir y convencer a un determinado sector del público para que se adquiera a un producto, se entusiasme con un servicio, con un objeto o que consuma una idea.

A nadie se le escapa el esfuerzo publicitario de las grandes marcas como Coca Cola, Ford, Lidl o IKEA. Y tampoco somos ajenos al impacto que estas campañas tienen en el consumo genérico de la población, pero ese consumismo abarca no solo a productos y servicios, también incluye las ideas e impacta en las emociones que mueven a ese consumo.

La publicidad es una estrategia para posicionar los productos en el mercado global, es una forma de comunicación que intenta incrementar el consumo de un producto, de un servicio, una idea, insertar una nueva marca o un proyecto ideológico. Tal mercado se subdivide y dirige a públicos objetivos, sensibles a modificar sus hábitos, sus actitudes o sus ideas; en cierta manera predispuesto a creer en las virtudes de lo que se anuncia. En otras ocasiones la publicidad se enfoca a mejorar la imagen de una marca.

Los proyectos de comunicación suelen constituir la piedra angular de muchas organizaciones: prestemos, por ejemplo, atención a la destructiva comunicación que difunde el islamismo radical o la estrategia de comunicación que ha mantenido la Iglesia en los últimos dos mil años o el esfuerzo de EE.UU. en generar una tendencia favorable a la idea de nación libre y poderosa. Tenemos otro ejemplo en la imagen de marca de París o Londres.

UNA CAMPAÑA DE COMUNICACIÓN PODRÍA LLEGAR A CAMBIAR EL CURSO DE UNA SOCIEDAD

Desde la antigüedad, los gobiernos han utilizado la propaganda como una de las mejores herramientas para enraizar sus planteamientos y hacer valer sus posiciones de manera preponderante. La propaganda es una disciplina de la comunicación que tiene como fin influir en la actitud de una comunidad respecto a alguna causa, idea, posición o costumbre; presentando solamente un lado o aspecto de un argumento.

Se propone captar sensibilidades reconstruyendo una manera de pensar. No constituye una manipulación, aunque de alguna manera sí lo es, intentando estratagemas para condicionar aspectos emotivos y psicológicos de las personas, para captarlas para su causa, para cambiar su modo de actuar, inclusive sus usos y costumbres.

La Historia ha dado claros ejemplos de regímenes políticos, de dogmas religiosos, de modas y usos que han condicionado el comportamiento de grandes masas de población, que han dado lugar a tendencias identificadoras para nuevas corrientes sociales, véase el movimiento Hippie.

A partir de algún manejo político, que actúa como desencadenante, se puede generar un proceso, que trabajado hábilmente por una inteligente campaña de comunicación, puede llegar a constituirse en una convulsión social.

Tras el recorte del Estatut de Cataluña del año 2010, aprobado en referéndum, y al ver que en otros territorios se permitía inscribir en sus cartas magnas el mismo articulado que había sido cercenado en la carta normativa catalana, se movió a ciertos sectores de Cataluña a manifestarse y expresar su desacuerdo.

En el año 2011, tras el No del Gobierno de Rajoy a la propuesta de Pacto Fiscal, llevada a cabo por Artur Mas, se convocó una manifestación para el 11 de septiembre, que alcanzó una repercusión inimaginable hasta ese entonces.

El Gobierno catalán estaba inmerso en una agresiva y destructiva política de recortes sociales, que le estaban pasando factura a su gobernanza. La corrupción política de la antigua Convergencia se hacía cada vez más acuciante, era vox populi el saqueo y la desvergüenza.

Artur Mas optó entonces por una huida hacia adelante: instigado por quienes siempre fueron sus padrinos, Jordi Pujol Ferrusola y Marta Ferrusola, escoge el peligroso camino de la convulsión, agitar el avispero, bajo la premisa de que a río revuelto ganancia de pescadores.

Ese es el momento en que comienza una gran campaña de comunicación, un extraordinario plan de comunicación que sigue hasta nuestros días.

La Asamblea Nacional Catalana (ANC) es la locomotora del proceso separatista, un papel que le atribuye el propio presidente Artur Mas. Es una plataforma "cívica" que organizó los despliegues de masas del 11 de septiembre. Esta organización, nacida en abril de 2012, se constituiría en la herramienta básica del proyecto, al frente de la misma estaba Carme Forcadell, exconcejal de ERC en Sabadell y fundadora de la "Plataforma per la Llengua" (es asimismo vocal de Òmnium Cultural, otra de las plataformas "cívicas" que impulsarán el separatismo).

Actos perfectamente diseñados y cuidadosamente gestionados, convocatorias masivas ingeniosas (cadena humana a lo largo de toda Cataluña), consignas escogidas, un color identificativo (el amarillo)… y, por encima de todo, mensajes elaborados y dirigidos a mover la emocionalidad y despertar algunos sedimentos psicológicos atávicos: una ideación de algún modo mágica que, como un cuento, anida en el fondo onírico del inconsciente colectivo de la sociedad de origen catalán.

El plan de comunicación paulatinamente va creando un trampantojo que comienza a tomar cuerpo dogmático, que toma la apariencia de una ilusoria realidad alcanzable. Y en el trasfondo confuso de una democracia inexperta, todas las corrientes son arrastradas y empujadas a una deriva.

Los posicionamientos contrarios tienen miedo a tomar partido, no han sido capaces de contrarrestar con otro plan de contingencia, a responder con un planteamiento sutil y convincente. El retraso en la reacción convierte las respuestas en mensajes que provienen de la ortodoxia conservadora, en acciones surgidas de la impotencia y del temor a perder terreno, poder y, sobre todo, perder la razón. Todo lo cual ha contribuido a un mayor éxito del plan de comunicación independentista.

Uno de los grandes artífices y estrategas de este plan de comunicación política ha sido, sin lugar a dudas, Adriá Alsina: este periodista fue el responsable de comunicación de la ANC; había trabajado en African Development Bank, Inter-American Development Bank, institución orientada al desarrollo económico, social e institucional de Latinoamérica y el Caribe, pero también se desempeñó como experto en el área para el Banco Mundial, la OCDE y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Su trabajo marcó gran parte del desarrollo del “proces” desde sus inicios. Sin embargo, no es menos notable la participación de otro de los grandes estrategas de la comunicación, el periodista Oriol Solé. Éste fue el timonel de la maquinaria del frente “Junt pel sí”, quien consiguió hacer atractivo el proyecto a la vista de los ciudadanos/as seducidos y de aquellos que, si bien albergaban dudas, se sentían atraídos por la quimera de un nuevo Estado catalán.

Oriol Solé fue presidente del Grup Cultura y administrador único de cinco sociedades vinculadas a la fundación de ERC durante los años 2006 y 2007. Formó parte de la creación del Diario ARA.

La factoría de propaganda se completa con periodistas como Pere Martí, Martí Estruch i Axmacher y Miquel Martín Gamisan, también de la órbita de ERC. Lo que no deja de sorprender, ya que Puigdemont, periodista de experiencia provincial, que llegó a ser responsable de la Agencia Catalana de Noticias y sobre el que han existido algunas veladas sospechas de financiación irregular de algunos proyectos periodísticos emprendidos por él y su esposa, no ha conseguido colocar al frente de las estrategias del plan a expertos de comunicación de su entorno más cercano. Aunque sí pueden encontrarse vínculos “de cercanía” con algunos destacados profesionales y empresarios de algún grupo de comunicación privado y, lógicamente; con la inefable colaboración del grupo de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales.

Última reflexión: en la actualidad puede observarse la carencia de un plan de crisis en la estrategia de comunicación, factor que es un claro indicador de la difícil situación que vive actualmente el "Proces".

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